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17 de noviembre de 2009

JANUCA - FIESTA DE LUCES

Januca – Fiesta de luces

Rabino Yerahmiel Barylka (Jerusalen)

La historia universal, al igual que la de los individuos, está signada por fuerzas materiales y espirituales que compiten entre sí. El reino de lo material se exterioriza en la economía, la guerra, la propiedad, la conquista, la agresión y el poder. El espiritual, en la cultura, el arte, la ciencia, la religión. El pueblo de Israel no tuvo como ideal convertirse en un imperio, conquistar naciones, iniciar guerras, pero, no ahorró en su historia energías para la creatividad, la ética, el espíritu, la fe, la ciencia. Tampoco renunció satisfacer las necesidades terrenales de sus miembros. Recibimos una Torá de Vida, trascendente que es Arbol de Vida, etz hajaim, para asirnos a él. Con raíces en la tierra, con ramas que apuntan hacia las alturas infinitas.

La búsqueda de la armonía entre los dos componentes de la vida, no es simple. La relación dinámica entre los dos aparentes opuestos, aparece constantemente. La podemos apreciar en las festividades de nuestro calendario.

La relación con la naturaleza, por sí sola, no hubiera alcanzado para que el pueblo de Israel, continúe fuera de su territorio como entidad independiente y creativa, durante los dos mil años del exilio y la dispersión. La ausencia de relación con Israel, no hubiera posibilitado el surgimiento del nuevo Estado, sino hubieran habido otros componentes. El contenido espiritual del judaísmo, sirvió para potenciar la capacidad y el destino particular de un pueblo necesitado de elevación y también contribuyó a su identidad nacional.

En Pesaj, de la primavera y de la naturaleza, conmemoramos la salida de Egipto hacia la libertad. En Shavuot de las cosechas, repetimos anualmente la recepción de la Torá en el Sinai. En la recolección de las cosechas de Jag Haasif, pasamos a residir en las cabañas frágiles del Exodo.

Janucá, por cierto, no queda afuera de la dualidad integradora.

Es fiesta de dedicación que se extiende por ocho días instituida por el macabeo Iehudá, quien después de derrotar a Lisias, ingresó a Jerusalén y purificó el Templo. Su elemento material es el triunfo militar sobre los helenizantes paganos, pero junto a él, el milagro de la vasija del aceite que alcanzó para arder el tiempo suficiente hasta que se pudo preparar aceite nuevo. El encendido de sus candelas da sentido a la lucha contra el invasor, que se realizó para hacer un espacio a la espiritualidad. Fue una lucha más que justificada, porque era por la libertad y el espíritu. La conmemoración a través del encendido de las velas, nos recuerda que la batalla no es un objetivo en sí.

La fragilidad de las luces de Janucá se hubiera perdido frente a las llamaradas de la Edad Media, que hubieran apagado sus luces cuando debieron enfrentarse a los vientos de fronda de las guerras y los exterminios, si sólo hubieran perpetuado una victoria militar. Pero, hoy tampoco entenderíamos Janucá si le deseáramos quitar el recuerdo de esa lucha, si permitiéramos minimizar la festividad quitándole su historia o borrando la batalla, para resumirla sólo espiritual. Janucá es armónica combinación de una lucha material para obtener un resultado espiritual. La fuerza militar iluminada por la espiritual se dignifica y se justifica. El mundo espiritual debe ser defendido por el brazo del hombre que debe abandonar la comodidad de su hogar, las obligaciones laborales o sus estudios, para salir a defender la nación. Janucá nos dice que en ciertas circunstancias hay que tomar la espada y que nadie puede quedar exento de usarla.

No es suficiente invertir esfuerzos espirituales para lograr elevación espiritual. Hay que remangarse y unirse a quienes arriesgan su vida porque lo hacen por todos.

Janucá nos enseña que cuando hay que emprender la lucha por ingresar al Santuario, se debe usar el acero y que nadie está exento de ello. Janucá nos ilustra también que la fuerza por la fuerza no tiene sentido, que debe estar unida a la búsqueda de lo espiritual. Quien prescinde de uno de los ingredientes, excluye la esencia. Va contra la historia. Se enfrenta con la tradición. Corre el riesgo de agregar elementos desintegradores que puedan minimizar la grandeza de la unión.

En Israel independiente colocamos las tenues luces en las ventanas y en las puertas de nuestras casas para publicitar el milagro de nuestra existencia, al que contribuimos con nuestra presencia en ese escenario de la vida. En los países de la dispersión, la mayoría enciendo los candeleros intramuros, hasta que llegue la hora en que no teman y que puedan participar en el prodigio de la autodefensa.

Quienes dejan que la salvaguardia de la vida sea realizada por los “otros”, mientras se encierran en las casas de estudio o en los cenáculos del liberalismo egoísta disfrazado de pacifismo, o convierten la obligada defensa de la agresión de nuestros enemigos en una forma de agresión al otro, niegan Janucá. Y al hacerlo, contribuyen a nuestra extinción.

Los macabeos, con su gesta, allí lejos en el tiempo, aquí tan cerca con su presencia, nos dicen que debemos evitar que nos hagan abjurar de nuestra Ley, y que también hoy debemos tener la inspiración para luchar siendo minoría contra las mayorías, contra los impuros y los perversos, para poder iluminar nuestros hogares y nuestros atrios con aceite puro. Con toda nuestra fuerza. Con todos nuestros principios.

Harav Yerahmiel Barylka
Otot - אותות‎
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1 de junio de 2009

Contextualizando Janucá


Janucá - Significados y contextos


Rabino Yerahmiel Barylka

Fue Marcel Duchamp quien en 1917 tomó un urinario de loza y lo colocó sobre un pedestal en una exposición de arte moderno reclamando una mirada estética para un objeto cuya función lo hacía irrelevante. Hoy, los neodadaístas proponen como obra de arte una plancha o un teléfono. Casi por la misma época y hasta hoy, otros intentaron popularizar el conocimiento judío y acercarlo a los alejados, con el mismo proceso de romper los límites entre lo sagrado y lo profano, pero ya no en el arte, sino en la vida cotidiana. Así lo hicieron y lo hacen con principios y valores judíos, con los contenidos de las festividades y con los textos venerables, con los servicios religiosos y los festejos, cuando les quitan todo significado y los ubican en contextos ajenos y alejados. Rebajan el sentido de lo excelso, elevan la estética de la nada. El resultado es desastroso. No podía ser de otra manera. 

Hoy, cuando los jóvenes vienen en la búsqueda de la auténtico, cansados de las pirotecnias mimetizadoras y de las soluciones fáciles y descomprometidas, debemos perder la timidez y recuperar la imaginación, asumiendo todos los riesgos. A la descontextualización de lo judío, debemos responder re-descontextualizando. Es decir, colocando nuevamente las cosas y los conceptos en su lugar. 

Janucá nos permite un adiestramiento edificante, ya que conmemora la victoria de la gesta por los auténticos valores judíos en contra de la corriente de abandonar la fe y el cumplimiento de los preceptos, que profesaban propios y extraños o, lo que no es menos grave, de diluirlos en el océano de la cultura ajena, creyendo que aun así se podía seguir siendo fieles. Janucá puede entrenarnos eludir las intentadas globalizaciones que siempre se presentaron en la historia para imponer hegemonías anulando el sentimiento y la identidad de las minorías. 

El Templo de Jerusalén había sido profanado por la práctica pagana, después de luchas sangrientas. Y, fueron los macabeos quienes consiguieron derrotar a los seléucidas que regían en Siria para purificarlo. Antíoco Epifanio se había propuesto unificar a todos los pueblos que dominaba bajo su cultura, la del triunfador, la griega, que se había expandido triunfante. A pocos kilómetros de Jerusalén, en una comunidad pequeña, Modiín, estaba Matitiahau, un anciano que pudo reunir a sus hijos y convocar a quienes deseaban seguirlo, para emprender una empresa desproporcionada que parecía irremediablemente destinada al fracaso al enfrentarse a la fuerza del conquistador. Sin embargo, y contradiciendo la aparente lógica de las proporciones, los hermanos, hijos del viejo sacerdote, consiguen el triunfo. Su fuerza provenía de la llama de la fe y el orgullo por la supervivencia judía. Por ello, el veinticinco del mes de kislev se inician todos los años los festejos de esta conmemoración post-bíblica. Y los mismos tienen en su centro, la última acción de la gesta macabea, ir en búsqueda de aceite y encender un candelabro durante ocho días, celebrando la libertad con cantos de alabanza y gratitud, absteniéndose de duelo público y de ayunos. Es que el día 25 del mes noveno, se ofrecieron las ofrendas sobre el nuevo altar, con cánticos, laúdes, liras y platillos y celebraron su dedicación con alegría infinita. Se había producido el milagro. Un milagro en el que se unen varios portentos: que el escaso aceite purificado encontrado entre las ruinas del Templo, alcanzara hasta la confección de una nueva partida que alcanzaría para ocho días; que un puñado de valientes pudiera derrotar a la potencia de su época y el no menos importante: el poder rescatar incólumes los valores de un pueblo amenazado por la invasión cultural de la descontextualización. 

Janucá nos permite unirnos a aquellos jóvenes que tenían claros los valores judíos y gracias a su amor a ellos, no concebían helenizarse como deseaban más de un propio ilustrado y todos o casi todos los ajenos. 

“La luz de Janucá debe ser colocada del lado exterior de la puerta del hogar, pero en caso de peligro es suficiente sobre la mesa” nos prescribe el Talmud. Cuando estamos seguros de nuestros valores, debemos atrevernos sin temores a iluminar el exterior. Cuando hay vientos y amenazas de apagar nuestra luz, debemos protegerla intramuros. En nuestros días más que nunca debemos encender las luminarias, liberando la vivacidad de unos sentimientos que no se deben reprimir ni se pueden olvidar jamás. Y colocar a Janucá en el contexto de la lucha por nuestra supervivencia. 

El judaísmo no necesita de un Duchamp, porque la ignorancia de la Halajá y de la Hagadá, de la Mishná y el Talmud no es acreedora de reconocimientos, ni su reemplazo por banalidades, una muestra de arte. No comunicarse con los textos del sidur y desconocer el alef bet no da honores al ignorante. Tampoco, desplazar el Tanaj por el Talmud ni el Talmud por el Tanaj. Quien está seguro de la verdad del judaísmo no teme del encuentro enriquecedor con la cultura universal, pero sabe reconocer los límites y las falsificaciones, de manera de tomar lo coherente y ofrecer lo propio generosamente. Janucá nos lleva a una Torá vital, en la cual se estudia, en la que se combina la acción y el trabajo con los libros y la discusión, donde lo material y lo espiritual están integrados armónicamente, de personas de acciones que son talmidei jamamim, sabios en el más amplio sentido de la palabra, también en ciencias y humanidades. Que colmados de lo propio, resisten los embates sutiles y las agresiones de lo distinto. Y, por si lo olvidáramos, Janucá nos regresa a la acción en Israel de hoy, inspirada en Modiín. 


Rab. Yerahmiel Barylka

31 de mayo de 2009

Janucá – Fiesta de luces y de la continuidad judía


Janucá –   pese a los helenizantes de dentro y de fuera

Rabino Yerahmiel Barylka (Jerusalén)



En el año 175 antes de la era común, subió al poder Antíoco IV Epifanio, quien intentó unir a todos los pueblos bajo su dominio  a la cultura helénica. En el Templo de Jerusalén, fue elegido un nuevo sumo sacerdote quien prometió al rey la divulgación de esa cultura. Jerusalén fue declarada polis, con autonomía que le permitía dirigir los asuntos municipales e incluso sus relaciones exteriores. Su gobierno era democrático y civil, y la autoridad de los sabios y escribas fue eliminada y ya no podían decretar normas a la comunidad.

Ello provocó la satisfacción de los núcleos de la aristocracia de Judea, y de las familias relacionadas con el poder, que obtenían pingües ganancias de su cercanía al gobierno. Rápidamente se integraron a la cultura imperante.  En el año 167 Antíoco prohibió el ejercicio de las normas religiosas de los judíos, ordenándoles vivir como helénicos. Sus decretos abarcaban tanto la vida privada como la nacional de los judíos. Y así leemos en I Macabeos,   1: 41 y siguientes, que "El rey publicó un edicto en todo su reino, ordenando que todos formaran un único pueblo y abandonara cada uno sus peculiares costumbres. Los gentiles acataron el edicto real y muchos israelitas aceptaron su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado.

El rey hizo llegar, por medio de mensajeros, el edicto que ordenaba seguir costumbres extrañas al país también a Jerusalén y a las ciudades de Judea. Debían suprimir en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones; profanar sábados y fiestas; mancillar el santuario y lo santo; levantar altares, recintos sagrados y templos idolátricos; sacrificar puercos y animales impuros; dejar a sus hijos incircuncisos; volver abominables sus almas con toda clase de impurezas y profanaciones, de modo que olvidasen la Ley y cambiasen todas sus costumbres" . Pero, "Muchos en Israel se mantuvieron firmes y se resistieron a comer cosa impura. Prefirieron morir antes que contaminarse con aquella comida y profanar la alianza santa; y murieron".

Incontables historiadores se preguntaron por qué se decretaron estas normas contra el judaísmo, si los helenistas creían en la multiplicidad de divinidades y credos y hasta entonces habían permitido que los judíos siguieran sus tradiciones. La pregunta tiene más valor cuando vemos que Antíoco Epifanio no aplicó esos decretos en otras naciones bajo su dominio. Hay algunos quienes creen que fueron los mismos judíos de esa aristocracia cercana al poder y a los grupos económicos dominantes, que aspiraban el dominio de su propio pueblo,   los inspiradores de la polis, con la intención de lograr reformar el judaísmo y adaptarlo a las costumbres que ellos habían adoptado en la vida práctica. En el año 164 muchos judíos que no cumplieron con las normas fueron asesinados.

Uno de los episodios más conocidos es el de Janá y sus siete hijos que fueron inmolados al oponerse a comer carne de puerco.  Cuando los funcionarios del rey llegaron a Modín, y erigieron allí un altar pagano, exigieron que Matitiahu el hasmoneo presente una ofrenda pero, según I Macabeos 2: 19 "Matitiahu contestó con fuerte voz: «Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, mis hijos, mis hermanos y yo, nos mantendremos en la alianza de nuestros padres. El Cielo nos guarde de abandonar la Ley y los preceptos. No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda.» y eliminó a un judío que se había acercado a cumplir las órdenes del soberano y al funcionario gubernamental. El resto de la historia es más que conocido: El pueblo siguió a Matitiahau y a sus cinco hijos en la revuelta contra el régimen. Fue Iehudá quien condujo al pueblo y después de derrotar a los comandantes enviados para acabar con la rebelión, consiguió que los decretos fueran anulados.

Pero, el Templo siguió dominado por los helénicos y permaneció impuro, por lo que no tuvo más remedio que sitiar a Jerusalén y después de dominarla, se dirigió al Monte del Templo para renovar el servicio de las ofrendas que se acostumbraba.  A los tres años de los decretos: I Macabeos 4 : 52-59       "El día veinticinco del noveno mes, llamado Kislev, del año 148, se levantaron al romper el día y ofrecieron sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían construido un sacrificio conforme a la Ley. Precisamente fue inaugurado el altar, con cánticos, cítaras, liras y címbalos, en el mismo tiempo y el mismo día en que los gentiles la habían profanado. El pueblo entero se postró rostro en tierra, y adoró y bendijo al Cielo que los había conducido al triunfo. Durante ocho días celebraron la dedicación del altar y ofrecieron con alegría holocaustos y el sacrificio de comunión y acción de gracias. Adornaron la fachada del Templo con coronas de oro y pequeños escudos, restauraron las entradas y las salas y les pusieron puertas. Hubo grandísima alegría en el pueblo, y el ultraje inferido por los gentiles quedó borrado. Iehudá, de acuerdo con sus hermanos y con toda la asamblea de Israel, decidió que cada año, a su debido tiempo y durante ocho días a contar del veinticinco del mes de Kislev, se celebrara con alborozo y regocijo el aniversario de la dedicación del altar."

El Talmud en Shabat 21b, nos relata el milagro del aceite que simboliza hasta nuestros días esta gesta histórica y que nos permite darle el colorido tan especial a la festividad de Janucá. El milagro de la vasija del aceite que alcanzó para arder el tiempo suficiente hasta que se pudo preparar aceite nuevo da sentido a la lucha contra el invasor, que se realizó para hacer un espacio a la espiritualidad. La conmemoración a través del encendido de las velas, nos recuerda que la batalla no fue un objetivo en sí. Fue un medio para salvar la continuidad de la vida judía, amenazada por propios y por ajenos, unidos en su objetivo de dominación ideológica y económica.

Hace apenas pocas semanas atrás, en una visita que hiciera a algunas ciudades latinoamericanas, comencé a creer que la hipótesis manejada acerca de la predisposición activa para incorporar elementos ajenos a la cultura propia, llegando incluso a preparar el terreno para que extraños lo hagan por la fuerza, no era tan imposible como me pareciera en un principio.

En una de las ciudades que visitara, una señora muy involucrada en su comunidad, que durante 33 años condujo una de sus actividades educativas, me comentó que sólo algunos de los líderes religiosos representativos,  que ejercen cargos en su ciudad, comen comida casher, al extremo que sus discípulos entienden que la norma vigente en el judaísmo, es comer en cualquier lugar, cualquier alimento y que le resultaba difícil explicar a sus discípulos, que los judíos no debían ingerir carne de cerdo. De pronto me acordé que hace unos años un líder espiritual de otra ciudad, me había indicado en forma categórica que en su comunidad, todas las normas del judaísmo que se oponen a la modernidad habían sido abolidas por él y carecían de toda validez. Ya no era necesario, me dijo, recurrir al Shulján Aruj ni a la Responsa para resolver los problemas jurídico-religiosos de sus seguidores. Eso era antes – dijo- ahora, cada regla pasaba por el cedazo de la modernidad y de las normas aceptadas por el mundo circundante. En su comunidad no había más mamzerim, no eran necesarios los divorcios religiosos, no existía el levirato, las conversiones se realizaban según la voluntad de los candidatos, no se respetaban las normas de la pureza familiar, los cohanim podían casarse con mujeres divorciadas y no se pedía siquiera a las novias que se sumerjan en las aguas rituales. 

En nombre de otras helenizaciones menos sofisticadas y sin ninguna base filosófica, se borraban de un plumazo varias de las medidas que en la época de los macabeos habían justificado salir a luchar y a dar la vida por una forma de vida judía. Algo raro existe en nuestro pueblo, que Janucá intenta, al recordarse su epopeya, corregir. Si pudiéramos recorrer cuidadosamente la historia de los macabeos y leyéramos los textos en su contexto, podríamos renovar el mensaje tan simple que nos dice que tengamos cuidado y no nos entreguemos a los vientos de las culturas de los pueblos que nos rodean perdiendo nuestra personalidad, porque ello significa nuestro fin. Las autoridades espirituales nombradas en estas líneas, deberían pensar si con sus actitudes tienen derecho de seguir en sus funciones. Las luces de Janucá parecieran ser un alerta para detenerles en su camino de autonegación. Janucá nos invita a reforzar aquellos elementos de la identidad que ya hace más de dos mil años quisieron borrar los asimilacionistas de adentro y de afuera.

Jag haurim sameaj.



Rab. Yerahmiel Barylka

27 de mayo de 2009

Janucá, Helenizantes de antaño y del presente

Janucá prueba que los negadores de la identidad fracasaron


Rabino Yerahmiel Barylka

Incontables historiadores se preguntaron por qué Antíoco Epifanes decretó sus normas contra el judaísmo, si los helenistas creían en la multiplicidad de divinidades y credos y hasta entonces, habían permitido que los judíos siguieran sus tradiciones. También se preguntan por qué Antíoco Epifanio, que no aplicó ese tipo de decretos contra otras naciones bajo su dominio, sí lo hiciera contra el pueblo judío. Hay algunos que creen que los inspiradores de la polis y los nuevos decretos, fueron los mismos judíos de la aristocracia cercana al poder y a los grupos económicos dominantes, que aspiraban someter a su propio pueblo. Ellos tenían la intención de lograr transformar el judaísmo y adaptarlo a las costumbres que habían adoptado, de facto, en su vida personal. Se habían enamorado de la posibilidad de ser como el Otro, de ser aceptados por el poder dominante, de integrarse a la corriente de moda. Ello les ayudaba a dominar a las instituciones y a lucrar. Según esos historiadores, la iniciativa del gobernante, no había venido de afuera sino desde dentro de las filas de nuestro pueblo. A mí me resultaba difícil aceptar esa opinión. 

Recordemos que cuando Antíoco IV subió al poder, intentó adherir a los judíos al pensamiento helénico y a su culto. En el Templo de Jerusalén, fue elegido un nuevo sumo sacerdote quien prometió la divulgación de esa cultura. Jerusalén fue declarada polis con autonomía, que le permitía dirigir los asuntos municipales e incluso sus relaciones exteriores. La autoridad de los sabios y escribas fue eliminada, anulándose su poder de decretar normas que rijan para la comunidad. La aristocracia de Judea, y las familias relacionadas con el poder, estaban felices. Obtenían pingües ganancias de su cercanía al gobierno y se integraron a la corriente imperante. Antíoco prohibió el ejercicio de las normas religiosas judías, ordenándoles vivir como helénicos. Sus decretos abarcaban tanto la vida privada como la nacional de los judíos. Y así leemos en I Macabeos, 1: 41 y siguientes, que "El rey publicó un edicto en todo su reino, ordenando que todos formaran un único pueblo y que cada uno abandonara sus peculiares costumbres. Los gentiles acataron el edicto real y muchos israelitas aceptaron su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el Shabat… Debían suprimir en el Santuario holocaustos, sacrificios y libaciones; profanar sábados y fiestas; mancillar el santuario y lo santo; levantar altares, recintos sagrados y templos idolátricos; sacrificar puercos y animales impuros; dejar a sus hijos incircuncisos; volver abominables sus almas con toda clase de impurezas y profanaciones, de modo que olvidasen la Ley y cambiasen todas sus costumbres" . Pero, "muchos en Israel se mantuvieron firmes y se resistieron a comer cosa impura. Prefirieron morir antes que contaminarse con aquella comida y profanar la alianza santa; y murieron". Muchos judíos que no cumplieron con las nuevas disposiciones fueron asesinados. Cuando los funcionarios del rey llegaron a Modín, y erigieron allí un altar pagano, exigieron que Matitiahu el hasmoneo presente una ofrenda pero, según I Macabeos 2: 19 "Matitiahu contestó con fuerte voz: «Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, mis hijos, mis hermanos y yo, nos mantendremos en la alianza de nuestros padres.

El Cielo nos guarde de abandonar la Ley y los preceptos. No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda”. El resto de la historia es más que conocido: El pueblo siguió a Matitiahau y a sus cinco hijos en la revuelta contra el régimen. Fue Iehudá quien condujo al pueblo y después de derrotar a los comandantes enviados para acabar con la rebelión, consiguió que los decretos fueran anulados. Pero, el Templo siguió dominado por los helénicos y permaneció impuro, por lo que no tuvo más remedio que sitiar a Jerusalén y después de dominarla, se dirigió al Monte del Templo para renovar el servicio de las ofrendas que se acostumbraba. A los tres años de los decretos: "…ofrecieron sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían construido un sacrificio conforme a la Ley y fue inaugurado el altar, con cánticos, cítaras, liras y címbalos, en el mismo tiempo y el mismo día en que los gentiles la habían profanado.... Durante ocho días celebraron la dedicación del altar y ofrecieron con alegría holocaustos y el sacrificio de comunión y acción de gracias... Hubo grandísima alegría en el pueblo, y el ultraje inferido por los gentiles quedó borrado. Iehudá, de acuerdo con sus hermanos y con toda la asamblea de Israel, decidió que cada año, a su debido tiempo y durante ocho días a contar del veinticinco del mes de Kislev, se celebrara con alborozo y regocijo el aniversario de la dedicación del altar." (I Macabeos 4: 52-59).

El Talmud en Shabat 21b, nos relata el milagro del aceite que simboliza hasta nuestros días esta gesta histórica y que nos permite darle el colorido tan especial a la festividad de Janucá. El milagro de la vasija del aceite que alcanzó para arder el tiempo suficiente hasta que se pudo preparar aceite nuevo, da sentido a la lucha contra el invasor, que se realizó para hacer un espacio a la espiritualidad. La conmemoración a través del encendido de las velas, nos recuerda que la batalla no fue un objetivo en sí. Fue un medio para salvar la continuidad de la vida judía, amenazada por propios y por ajenos, unidos en su objetivo de dominación ideológica y económica. 

Hace apenas pocas semanas atrás, en una visita que hiciera a algunas ciudades latinoamericanas, comencé a creer que la hipótesis manejada acerca de la predisposición activa para incorporar elementos ajenos a la cultura propia, llegando incluso a preparar el terreno para que extraños lo hagan por la fuerza, no era tan imposible como me pareciera en un principio. 

Hasta hace poco, me parecía imposible concebir que fueran los judíos o algunos de sus líderes civiles o religiosos, quienes se apuren a renunciar a los principios clásicos del judaísmo, así sea esbozando racionalizaciones intelectuales del tipo que fuera. 

Pero en una de las ciudades que visitara recientemente, una señora muy involucrada en su comunidad, que durante 33 años condujo una de sus actividades educativas centrales, me preguntó si comía casher. Ante mi sorpresa por la pregunta que nunca antes me habían hecho, ni siquiera personas, que como ella, me veían por vez primera, dado que la respuesta sería más que obvia, me comentó que en su medio, sólo algunos de los líderes religiosos representativos, comen exclusivamente comida casher. La mujer me dijo que sus discípulos entienden que el judaísmo, permite comer en cualquier lugar, cualquier alimento. Le resultaba difícil explicarles, que los judíos tenían prohibido ingerir carne de cerdo. La mayoría de su comunidad no conocía la norma. No fue educada en ella. No veía ejemplos de su aplicación. De pronto me acordé que, hace unos años un líder espiritual de otra ciudad, me había dicho en forma categórica que en su comunidad, todas las normas del judaísmo que se oponen a la “modernidad” habían sido abolidas por él y carecían de toda validez. Ya no era necesario, me dijo, recurrir al Shulján Aruj ni a la Responsa para resolver los problemas jurídico-religiosos de sus seguidores. Eso era antes – dijo- ahora, cada regla pasaba por el cedazo de la modernidad y de las normas aceptadas por el mundo circundante. En su comunidad no había más mamzerim, no eran necesarios los divorcios religiosos, no existía la institución del levirato, las conversiones se realizaban según la voluntad de los candidatos sin muchos trámites, no se respetaban las normas de la pureza familiar, y no se pedía siquiera a las novias que se sumerjan en las aguas rituales.

En nombre de helenizaciones menos sofisticadas y sin ninguna base filosófica, se borraban de un plumazo varias de las medidas que en la época de los macabeos habían justificado salir a luchar y a dar la vida por una forma de vida judía. 

Algo raro existe en nuestro pueblo, que Janucá intenta corregir, al recordarse su epopeya. 

Si recorriéramos cuidadosamente la historia de los macabeos, podríamos renovar el mensaje, tan simple, que nos dice que tengamos cuidado y no nos entreguemos a los vientos de las culturas de los pueblos que nos rodean perdiendo nuestra personalidad. Ello significa nuestro fin. 

Las luces de Janucá parecieran ser un alerta para detenerles en su camino de auto-negación. Janucá nos invita a reforzar aquellos elementos de la identidad que ya hace más de dos mil años quisieron borrar los asimilacionistas de adentro y de afuera.

Quisiera seguir creyendo que Antíoco Epifanio encontró inspiración para destruir la continuidad judía en otra parte y no en las filas de nuestro propio pueblo.

Janucá nos dice que los negadores de nuestra identidad fracasaron antes, si bien hubo que pagar un precio muy alto por ese fracaso. Fracasarán también ahora. Las velas que encenderemos son una garantía de nuestra continuidad. 

Jag haurim sameaj.

Rab. Yerahmiel Barylka

Janucá: Fiesta de alegría, para celebración de lo nuestro


Janucá 

Rabino Yerahmiel Barylka

Puede ser triste ver un hogar judío en el que se colocan juntos la "janukiá" - candelabro de ocho velas - y un árbol de Navidad. Por otro lado, puede ser conmovedor que el director de una escuela no judía decida hacer lo propio en el patio de recreos, para manifestar pluralismo y tolerancia. En ambos casos, sin embargo, se trata de un error educativo, y de una pérdida.
En muchos países la cercanía de Janucá se percibe simultáneamente con los anuncios y las pegajosas canciones comerciales de la Navidad. En algunas naciones, incluso, hogares judíos se engalanan con el arbolito típico colocado relativamente cerca del candelabro festivo.

En tiempos de globalización y de pérdida de los límites nacionales y culturales no debe llamar la atención la búsqueda de sincretismo que consciente o inconscientemente motiva a los publicistas a acercar dos fechas que entre sí no tienen nada que ver y dos tradiciones que no poseen la misma fuente ni se relacionan entre síen ningún elemento.

Es comprensible que quieran aprovechar el mercado comercial potencializando sinérgicamente conmemoraciones distintas. Seguramente así mejoran sus ventas y sus adornos, tan desgastados, pueden servir por el mismo precio para dos mercados que son uno: el de los avizorados consumidores de bienes perecederos o imperecederos que aun en épocas de mucha depresión consiguen aprisionar más productos cerca de fechas cúspide. También entre los más desaventajados y desposeídos.

No es nuestra intención hablar hoy de compras ni de ventas, de mercados ni de publicidad, sino exclusivamente de la contradicción que se produce al mezclar los símbolos de dos festividades antes nombradas que pertenecen a dos filosofías diferentes y de los peligros educativos inherentes de ese modelo de actitud. Podría agregar el ridículo que hacen judíos al levantar las copas de sidra o comer 12 uvas coincidentemente con el inicio de la acción del año nuevo gregoriano, pero, cuando de cuestiones gastronómicas o de bebidas se trata, ¿quién puede ser el valiente en salir contra la corriente?

En aquellas escuelas donde la población es minoritariamente judía, las autoridades pueden creer que la colocaciףn de un candelabro junto al árbol de Navidad es un acto digno que subraya el pluralismo y la igualdad de credos, pero, ello es un error. Janucá es el arquetipo festivo del anti-sincretismo, es el resultado de una lucha denodada contra todos los elementos de influencia pertenecientes a otras culturas, para disolver las peculiaridades de la fe y del cumplimiento de los preceptos estrictamente judíos.

Los macabeos no sólo lucharon contra Antíoco Epifaneo sino también contra sus propios hermanos "encantados" por los avances estéticos y prácticos de la cultura helenizante.
Ellos pedían libertad para ser judíos y no ventajas económicas, luchaban por la independencia también en el plano cultural.

Durante la historia, paradojalmente, la manera elegida para la conmemoración de la gesta macabea igualó en importancia al hecho histórico que la motivara. No se resaltan los triunfos militares sino el "milagro del aceite", es decir, la memoria histórica hacia el fenómeno espiritual y cultural, aquel que nos permitió que sigamos existiendo como pueblo en todas las condiciones. Si algún mensaje quiso traernos la forma como recordamos Janucá, es la necesidad de repudiar todo sincretismo con culturas dominantes.

Hoy el mundo cristiano se ha convertido en gigantesca mayoría numérica en todos o casi todos los países en los que hay población judía y su fuerza cultural invade todos los espacios, provocando una mayor necesidad por obtener distinción y posibilidades de pensar en forma distinta. Nadie obliga a pensar no judíamente a los judíos, pero, la masiva injerencia de un mensaje cultural apabullante anula las posibilidades de distinción. En circunstancias como estas es menester no agregar elementos sincréticos que destiñan los límites, porque las minorías no pueden darse el lujo de ser absorbidos por las mayorías. A todos les cabe el mismo derecho de individualidad y distinción.

Janucá es fiesta alegre, bendecimos las luminarias y las exponemos, se juega con los niños, se les agasaja con regalos, se les enseña a ser independientes y libres. Se los educa. La misma palabra Janucá significa consagración al mismo tiempo que educación. En la educación se debe renovar y adecuar. Se debe acercar a las raíces. Se debe alimentar de la propia savia.

Cuando el Talmud en Shabat 21B dice que "la luz de Janucá debe ser colocada de lado exterior de la puerta del hogar, pero en caso de peligro es suficiente sobre la mesa", nos invita a evaluar en qué época vivimos. Cuando hay peligro de pérdidas culturales, se debe reforzar la mesa, la casa, el hogar, y no pretender salir a iluminar a otros. En ese caso, también, se debe dejar sobre la mesa sólo el candelabro, otras luces y otros adornos, evitan la educación, impiden la consagración.

Han pasado los peligros físicos de la noche de San Silvestre que tantas veces, con la ayuda de la bebida, provocaron daños y muerte en los hogares judíos. No han pasado los peligros espirituales.

El 25 de kislev es día que inicia otros 8 de reforzamiento de la propia identidad. En Janucá cada año debemos reaprender que nuestra subsistencia depende únicamente de la adherencia a nuestro propio estilo de vida, a nuestra fe, a nuestro idioma, a nuestras costumbres, a nuestro pensamiento.



Rab. Yerahmiel Barylka
13/12/2006

Januca sin Sincretismos

Festividades judías: Janucá


Rabino Yerahmiel Barylka

En estos días de globalización, de materialismo mundial y uniforme, de terrorismo, pánico y muertes también globalizados, la luz de Janucá, la Fiesta de las Luminarias, nos invita a la reflexión acerca de cómo mantener lo nuestro con autenticidad y cómo elevar su mensaje espiritual. 

El judaísmo ha realizado grandes esfuerzos durante su existencia para evitar, en lo posible, la incursión en su seno de pensamientos ajenos y más aún de actitudes religiosas reñidas con su espíritu.

Los judíos no siempre siguieron esos principios. Por su ignorancia o por su pasividad fueron más de una vez débiles en defender la autenticidad de lo propio.

Hay credos que basaron su expansión en el sincretismo que lograron entre las doctrinas y los cultos de quienes quisieron dominar y el "nuevo", es decir, el suyo propio, el que consideraban único y excluyente, pese a incluir en él las del otro.

Finalmente impusieron su lealtad por la fuerza de las espadas y, cuándo no, a un precio humano muy alto. Los habitantes originales de todo el continente americano pueden dar fe de los métodos que usaron los conquistadores para llevarlos a su convicción y su ritual. Muchas son las iglesias construidas sobre pirámides a las que concurren fervorosos feligreses en días festivos sin saber todavía, varios siglos después de la dominación, a qué divinidad sirven.

En el período de la mundialización globalizadora, el sincretismo tiene otras características. Más sofisticadas. Más disimuladas. Igualmente violentas, pero de una intensidad distinta. Es un sincretismo cultural, que sucede al comercial, del cual Janucá-Navidad-Año Nuevo es un ejemplo especial. No es necesario ser fundamentalista para rechazar los intentos hegemónicos de los que gozan de otra superioridad: la que les permite el uso inagotable de sus bienes económicos para dispersar sus mensajes abiertos o encubiertos. Es suficiente saber identificarse con uno mismo y conocer lo propio, tanto en esencia como en presentación, para no confundirse frente a manifestaciones del otro. Hace falta un poco de firmeza para cerrar las puertas a la invasión publicitaria que para vender los productos de fin de temporada, los disfraza como regalos de Navidad o de Janucá con los mismos estribillos y casi la misma simbología. Las ventas estimulan el sincretismo al convertirse en la nueva religión de nuestro tiempo.

Este año, Janucá finalizará antes del inicio de Navidad. Eso permite un recreo que probablemente entorpezca en algo la difícil convivencia del árbol con la janukiá, que de cohabitar dulcemente en los ahora desiertos aeropuertos de las grandes ciudades de los Estados Unidos, ocuparon juntos las mesas de más de un hogar y de alguna que otra escuela con alumnos de diversos credos.

EL DESATINO TOTAL

¿Queda claro que unir los elementos de dos festividades que conmemoran acciones distintas generadas por experiencias distintas para grupos distintos es un desatino? Sí. Es un desatino total y, además, una contradicción absoluta.

En el devenir de la historia humana compiten dos fuerzas: la material y la espiritual. Su enfrentamiento dinámico y dialéctico creó la historia. Las guerras, la economía, la invasión de naciones, la agresión y el poder son algunas de las aristas de la fuerza material. La espiritual se encuentra en la cultura, el arte, la ciencia, la fe.

El judaísmo apostó a la victoria de las fuerzas del espíritu que en definitiva, pese a retrocesos dolorosos, terminan triunfando.

Israel renunció ser imperio e imperialista, y nunca se propuso la conquista de otras naciones. Eso no significa que hayamos intentado ser una nación de penitentes, ni de abstemios.

En casi todas las festividades encontramos el dualismo espiritual y material, terrenal y celestial. Pesaj es fiesta de primavera y de libertad, en ella festejamos el milagroso éxodo. Shavuot es fiesta de la cosecha, pero recordamos prioritariamente la entrega de la Ley. Sucot es la de la recolección, y en ella rememoramos nuestra residencia en frágiles cabañas de nubes al dirigirnos a nuestra tierra. Y en Janucá, conmemoramos el triunfo militar sobre los paganos y el milagro del jarrito del aceite. Los elementos terrenales, sin duda muy importantes, no hubieran bastado por sí mismos para garantizar la continuidad de nuestro pueblo, después de haber perdido la soberanía sobre su tierra, la Tierra de Israel.

Si pudimos reconquistar nuestra soberanía, fue casualmente por habernos aferrado a la pequeña e insignificante jarrita de aceite, símbolo de la espiritualidad, de nuestra ética, de nuestros principios. Su pequeña luz, tan tenue y débil, tan humilde y frágil, no pudo ser extinguida en las hogueras de la Edad Media, porque no sólo recordaba una gesta militar, sino mucho más que ello.

La gesta de los macabeos tampoco hubiera sido triunfante si no hubiera ido de la mano de la luz de la moral, de los principios, de los valores, de nuestra ley y de la adopción de una conducta basada en sus normas. El triunfo fue de la justicia de una causa, de la verdad de una convicción, y del sentimiento de probidad. En esos elementos se obtuvo la fibra para derrotar a más numerosos y fuertes. Cuando pensamos que "ellos con sus espadas y con sus cabalgaduras y nosotros en el Nombre de D's", tomamos ventaja, porque tenemos como aliada la fuerza de la fe.

La pequeña flama del jarrito de aceite, nos transporta a creer, en la "nueva luz que iluminará a Sión, para que pronto podamos gozar de su esplendor". Es nuestra esperanza. Aun en días y jornadas aciagas de lucha y derramamiento de sangre. Particularmente, cuando nuevos modelos de oscurantismo hacen todo lo imaginable y lo inimaginable para retrotraernos a la oscuridad de las cavernas, en estos momentos es cuando debemos encender la luz de la janukiá, y quitar de su alrededor todo lo que pueda hacerle sombra.

Rab. Yerahmiel Barylka

Januca, una fiesta de luces

Nuestras festividades: Janucá


Rabino Yerahmiel Barylka

Janucá, nos invita a la reflexión sobre las dos dimensiones en la vida del hombre, potenciadas en el judaísmo: la material como raíz necesaria en la vida, para elevar y fortalecer la espiritual. 

La historia universal, al igual que la de los individuos, está signada por fuerzas materiales y espirituales que compiten entre sí. El reino de lo material se exterioriza en la economía, la guerra, la propiedad, la conquista, la agresión y el poder. El espiritual, en la cultura, el arte, la ciencia, la religión. El pueblo de Israel no tuvo como ideal convertirse en un imperio, conquistar naciones, iniciar guerras, pero no ahorró en su historia energías para la creatividad, la ética, el espíritu, la fe, la ciencia. Tampoco renunció a satisfacer las necesidades terrenales de sus miembros. Recibimos una Torá de Vida trascendente que es Arbol de Vida, etz hajaim, para asirnos a él. Con raíces en la tierra, con ramas que apuntan hacia las alturas infinitas.

La búsqueda de la armonía entre los dos componentes de la vida, no es simple. La relación dinámica entre los dos aparentes opuestos, aparece constantemente. La podemos apreciar en las festividades de nuestro calendario.

La relación con la naturaleza, por sí sola, no habría alcanzado para que el pueblo de Israel continuara fuera de su territorio como entidad independiente y creativa, durante los dos mil años del exilio y la dispersión. La ausencia de relación con Israel, no habría posibilitado el surgimiento del nuevo Estado, si no hubieran habido otros componentes. El contenido espiritual del judaísmo sirvió para potenciar la capacidad y el destino particular de un pueblo necesitado de elevación y también contribuyó a su identidad nacional.

En Pesaj, fiesta de la primavera y de la naturaleza, conmemoramos la salida de Egipto hacia la libertad. En Shavuot, fiesta de las cosechas, repetimos anualmente la recepción de la Torá en el Sinai. En la recolección de las cosechas de Jag Haasif, pasamos a residir en las cabañas frágiles del Éxodo.

Janucá, por cierto, no queda afuera de la dualidad integradora.

LA BATALLA JUNTO AL MILAGRO

Es fiesta de dedicación que se extiende por ocho días instituida por el macabeo Iehudá, quien después de derrotar a Lisias ingresó a Jerusalem y purificó el Templo. Su elemento material es el triunfo militar sobre los helenizantes paganos, pero junto a él, el milagro de la vasija de aceite que alcanzó para arder el tiempo suficiente hasta que se pudo preparar aceite nuevo. El encendido de sus candelas da sentido a la lucha contra el invasor, que se realizó para hacer un espacio a la espiritualidad. Fue una lucha más que justificada, porque era por la libertad y el espíritu. La conmemoración a través del encendido de las velas, nos recuerda que la batalla no es un objetivo en sí.

La fragilidad de las luces de Janucá se hubiera perdido frente a las llamaradas de la Edad Media, que habrían apagado sus luces cuando debieron enfrentarse a los vientos de fronda de las guerras y los exterminios, si sólo hubieran perpetuado una victoria militar. Pero, hoy tampoco entenderíamos Janucá si le deseáramos quitar el recuerdo de esa lucha, si permitiéramos minimizar la festividad quitándole su historia o borrando la batalla, para resumirla sólo espiritual. Janucá es armónica combinación de una lucha material para obtener un resultado espiritual. La fuerza militar iluminada por la espiritual se dignifica y se justifica. El mundo espiritual debe ser defendido por el brazo del hombre que debe abandonar la comodidad de su hogar, las obligaciones laborales o sus estudios, para salir a defender la nación. Janucá nos dice que en ciertas circunstancias hay que tomar la espada y que nadie puede quedar eximido de usarla.

No es suficiente invertir esfuerzos espirituales para lograr elevación espiritual. Hay que arremangarse y unirse a quienes arriesgan su vida porque lo hacen por todos.

Janucá nos enseña que cuando hay que emprender la lucha por ingresar al Santuario, se debe usar el acero y que nadie está exento de ello. Janucá nos enseña también que la fuerza por la fuerza no tiene sentido, que debe estar unida a la búsqueda de lo espiritual. Quien prescinde de uno de los ingredientes, excluye la esencia. Va contra la historia. Se enfrenta con la tradición. Corre el riesgo de agregar elementos desintegradores que puedan minimizar la grandeza de la unión.

En Israel independiente colocamos las tenues luces en las ventanas y en las puertas de nuestras casas para publicar el milagro de nuestra existencia, al que contribuimos con nuestra presencia en ese escenario de la vida. En los países de la dispersión, la mayoría enciende los candeleros intramuros, hasta que llegue la hora en que no teman y que puedan participar en el prodigio de la autodefensa.

Quienes dejan que la salvaguardia de la vida sea realizada por los “otros”, mientras se encierran en las casas de estudios religiosos o en los cenáculos del liberalismo egoísta disfrazado de pacifismo, o convierten la obligada defensa de la agresión de nuestros enemigos en una forma de agresión al otro, niegan Janucá. Y al hacerlo, contribuyen a nuestra extinción.

Los macabeos, con su gesta, allí lejos en el tiempo, aquí tan cerca con su presencia, nos dicen que debemos evitar que nos hagan abjurar de nuestra Ley, y que también hoy debemos tener la inspiración para luchar siendo minoría contra las mayorías, contra los impuros y los perversos, para poder iluminar nuestros hogares y nuestros atrios con aceite puro. Con toda nuestra fuerza. Con todos nuestros principios.

Rab. Yerahmiel Barylka